Menú
TwitterRssFacebook
Categorías

Publicado por en 23/09/2015 el Artículos de alumnos | 0 comentarios

Perfiles con coraje: jóvenes como agentes de cambio

Red Becas Fundación Botín

Manuel Alejandro Roa Maldonado

 

Resumen:

La democracia como cultura tiene que ver con el comportamiento cotidiano, con las costumbres y con la forma de entender el mundo, de percibirse a sí mismo, y el lenguaje es el instrumento central de este proceso. Es por ello que este ensayo busca escudriñar en los límites y distorsiones de nuestro lenguaje político, para poder desde allí entender los desatinos de nuestra institucionalidad democrática. La narrativa política latinoamericana está marcada aún por los vestigios culturales del romanticismo de la guerra fría. Seguimos contándonos bajo los viejos conceptos de aquel tiempo que ya pasó y que indudablemente no nos pertenece. Conceptos como revolución, imperialismo, pueblo, opresión, estado benefactor; siguen protagonizando los discursos y prácticas políticas en nuestra región abonando el terreno para propuestas populistas, que configuraron una comunidad que ha desfigurado sustancialmente el valor ciudadano. Por tanto el reto de nuestra generación es el de la construcción de un lenguaje que responda a los retos que nos propone nuestras circunstancias, un lenguaje que ponga el acento en el ciudadano.

Palabras claves:

Narrativa ciudadana, populismo, institucionalidad democrática

 

Perfiles con coraje: jóvenes como agentes de cambio.

 

“Los límites de mi lenguaje son los límites de mi mundo”, expuso el lingüista austriaco Ludwing Wittgenstein, en una época que no nos perteneció, pero que se definía como la nuestra a través de las palabras, a través del lenguaje.

La juventud parece llevar por condición innata las banderas del cambio, pero es cierto que ya son muchas las generaciones de jóvenes que han pasado por esta IndoAfro-Ibero-América [1] como la bautizó el maestro Carlos Fuentes, y las demandas parecen replicarse generación tras generación, en esencia los gritos populares siguen entonándose en contra de la corrupción, de las prácticas autoritarias, de la desigualdad, de la inseguridad.

¿En qué hemos fallado entonces?, si la voluntad de cambio se ha manifestado en movimientos sociales que se han extendido desde el Río Bravo hasta la Patagonia; si han sido tantos los presos, los detenidos, los torturados, los muertos; por tener aquella voluntad de dibujar a nuestra región con una pluma más justa.

En el intento de responder esa difícil pregunta nace la columna central de este ensayo, y el pensamiento de Wittgenstein da ciertas luces sobre una de las que se podría perfilar como causa principal de la repetición sistemática de estas demandas: el lenguaje político latinoamericano.

Nuestra generación en teoría ha trascendido las batallas ideológicas engendradas por la contracultura de la década de 1960.

De acuerdo con una investigación llevada a cabo por Pew Research Center, el 50% de los miembros de la generación “Y” se describen a sí mismos como políticamente independientes, nuestra generación se involucran en los temas de debate sobre las políticas de gobierno en curso, emiten su opinión comprometida y la difunden en las redes sociales, y representan un gran número de activos votantes en los comicios cuando llega la hora de sufragar; pero esta vez parecen elegir el estrado de la sociedad civil, prescindiendo de las viejas estructuras partidistas esbozadas en las trampas ideológicas de un mundo bipolar.

Sin embargo nuestra región pareciera estar marcada aún en mayor medida por los vestigios culturales del romanticismo de la guerra fría. Tal vez se nos olvidó que el 9 de noviembre de 1989 pasó algo muy importante, con la caída del muro de Berlín y que el mundo cambió. Seguimos contándonos bajo los viejos conceptos de aquel tiempo que ya pasó y que indudablemente no nos pertenece. Conceptos como: revolución, imperialismo, pueblo, opresión, estado benefactor; siguen protagonizando los discursos y prácticas políticas en nuestra región.

Así nuestra narrativa política pareciera estar atrapada bajos la dictadura de vestigios conceptuales que no permiten el paso hacia una interpretación de la realidad política mucho más coherente y justa con las circunstancias actuales, y así la transformación política se hace sumamente difícil.

Estos residuos narrativos vienen replicándose desde la época de la independencia, pues como lo expuso Ana Teresa Torres, “las rupturas hispanoamericanas quedaron absortas en dos tensiones fundamentales de su psiquis colectiva: la identidad y la legitimidad” [2] , promoviéndose a través de las palabras la subordinación de la ciudadanía ante el estado, la legitimación de líderes carismáticos que se apropian del bienestar general prescindiendo de la lógica de la institucionalidad democrática, la discontinuidad como forma de gestión política, y la aniquilación del ciudadano como agente de transformación.

La idea de este ensayo es esbozar algunos conceptos anacrónicos que siguen protagonizando no solo los discursos de los dirigentes políticos, sino la narrativa del ciudadano latinoamericano y que han abonado el terreno para propuestas populistas, que ya sea en menor o mayor grado, castraron la individualidad, muchas veces uniformando el pensamiento e ignorando o suprimiendo todo intento de crítica y disensión; generando mecanismos de dependencia económica y política, que configuraron una comunidad que ha desfigurado sustancialmente el valor ciudadano.

Revolución. ¿Cómo pasar de las rupturas abruptas a la estabilidad democrática?

Uno de los conceptos más reiterativos en los discursos políticos de nuestra región es el de “revolución”, nuestro imaginario político pareciera estar cruzado por este  comodín narrativo que trasciende de la derecha o la izquierda latinoamericana, tanto así que Salvador Allende se atrevió a entonar que “ser joven y no ser revolucionario es una contradicción hasta biológica”.

Este constante anhelo de una revolución obliga a la discontinuidad. En tanto seguimos concibiendo el cambio como una ruptura radical con el pasado.

En referencia a este rasgo distintivo de nuestra región la psicoanalista Ana Teresa Torres expone que:

«La constante derogación y crítica abusiva de todo lo anterior, el desconocimiento de todos los logros alcanzados, responden a una lógica nihilista vorazmente devoradora que tiene su origen en una gloria pasada y perdida y una constante utopía de reencarnarla» [3]

Así nuestros discursos buscan casi siempre enfatizar en la discontinuidad con el gobierno anterior, percibiendo la política desde la visión transitoria de personajes o partidos, no bajo la óptica de la continuidad institucional y la estabilidad democrática.

Es por ello que los jóvenes latinoamericanos no podemos continuar cayendo en la trampa ideológica que expone que la condición revolucionaria nos viene dada por genética, y empezar a ver la realidad política a través de la continuidad de proyectos institucionales a largo plazo que garanticen la sostenibilidad de nuestras repúblicas, bajo el juego de una democracia verdadera.

Imperialismo: la trampa para no reconocer nuestras sombras.

«El imperialismo norteamericano en América Latina no es, desde luego, ningún mito. Sólo que es una consecuencia y no una causa del poder norteamericano y de nuestra debilidad. Hasta el despojo más inicuo, por reprobable que sea, no excusa de buscar una explicación racional para la fuerza del ladrón y la debilidad de la víctima». [4]

Este pensamiento del autor Venezolano Carlos Rangel, pareciera servir como instrumento catártico ante el abuso del imperialismo como excusa ante nuestros innumerables errores culturales e históricos como región.

El ex presidente de Costa Rica y premio Nobel de la Paz, Oscar Arias expuso en su discurso en la Cumbre de las Américas 2011 en Trinidad y Tobago, que pareciera que “cada vez que los países latinoamericanos se reúnen con el presidente de Estados Unidos de América. Es para pedirle cosas o para reclamarle cosas. Casi siempre es para culpar a Estado Unidos de nuestros males pasados presentes y futuros”. [5]

Es por ello que cuando los jóvenes hablemos de imperialismo debemos hacerlo para entender un fenómeno geopolítico que sin duda ha marcado y configurado gran parte de nuestra historia como región, pero no como trampa ideológica para excusarnos de todos los problemas que hacen vida hoy en cada uno de nuestros países, para tratar de mentirnos y no reconocernos como los principales sujetos de la transformación de nuestra región, y por tanto como los principales responsables de los males que nos aquejan.

Pueblo: Un comodín para el populismo.

Las acepciones del vocablo pueblo suelen ser muchas, sin embargo a la que se hace mención en este ensayo es a aquella que retrata Norberto Bobbio en su Diccionario de política donde se le concede una importancia central a las definiciones míticas de “pueblo” que el populista emplea y que no se refieren a clases sociales sino a un vago conglomerado o una amalgama social [6] . Es decir una masa homogénea indiferenciada, casi siempre percibida como “oprimida” por un enemigo “no pueblo”, y que por tanto necesita de un líder providencial que guíe los pasos de su destino.

Así el reto central de nuestra generación es pasar de esa noción sesgada de “pueblo” tan presente en nuestra narrativa política, para empezar a entendernos como sociedad civil, como ciudadanos que se entienden como sujetos de derechos y deberes, como sujetos parte de la esfera pública y por tanto transformadores de su realidad, sin la necesidad de héroes que se apropien del bienestar general.

Un lenguaje para la libertad.

El reto central de nuestra generación es entonces el de promover un lenguaje político coherente con los retos que nos propone nuestras circunstancias. Identificar, rechazar y denunciar conceptos que se usen con intención de manipular a la ciudadanía profundizando las distorsiones culturales propias de nuestra región.

Nuestro lenguaje debe hacer entender que el protagonista de la democracia no es el Estado ni algún líder carismático, debe exponer que el gran protagonista de la democracia debe ser el ciudadano, expresión pública de la persona vinculada a su comunidad. Debe profundizar en los procesos institucionales a largo plazo, en la defensa de la república como modo de proceder y en la democracia como manera de participar.

La democracia como cultura tiene que ver con el comportamiento cotidiano, con las costumbres y con la forma de entender el mundo, de percibirse a sí mismo, y el lenguaje es el instrumento central de este proceso. Por eso el desarrollo de un lenguaje ciudadano que deje los vestigios y antagonismos de guerra fría a un lado, debe ser prioritario.

No más revoluciones abruptas, no más “pueblos” indefensos, no más culpas a terceros.

 

Notas:

[1] Concepto usado por Carlos Fuentes en su obra “El espejo enterrado” para hacer referencia a la identidad diversa de Latinoamérica.

[2] Torres, Ana. La herencia de la tribu. Caracas, Editorial Alfa. Pág. 34.

[3] Ibíd. Pág. 15.

[4] Rangel, Carlos. Del buen salvaje al buen revolucionario. Caracas, Monte Ávila Editores. Pág. 25.

[5] Arias, Oscar (2011). «Algo hicimos mal». Discurso dado en la Cumbre de las Américas.

[6] Bobbio, Norberto. Diccionario de política, Siglo XXI, p. 1248.

 

 

Bibliografía

Arias, Oscar (2011). «Algo hicimos mal». Discurso dado en la Cumbre de las Américas.

Bobbio, Norberto. Diccionario de política, siglo XXI.

Fuentes, Carlos (1992). El espejo enterrado. México, Fondo de Cultura Económica.

Krauze, Enrique (2013). En torno al populismo. Revista Letras Libres. Documento disponible en: http://www.letraslibres.com/revista/dossier/en-torno-al-populismo

Rangel, Carlos (1982). Del buen salvaje al buen revolucionario. Venezuela, Monte Ávila Editores.

Torres, Ana (2009). La herencia de la tribu. Venezuela, Editorial Alfa.

Publicar una respuesta