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Publicado por en 09/09/2014 el Testimonios | 0 comentarios

Vivir en un mundo mejor o vivir mejor mi mundo

Por Gabriela Aguilar Gaibor

 

Cotopaxi, 21 de Agosto del 2014

Vivir en un mundo mejor o vivir mejor mi mundo. Me propuse que cualquier cambio que ocurra comenzará por mi trasformación propia y así emprendí el viaje. Estuve el tiempo suficiente en una comunidad rural de la Sierra de mi país donde además de enfrentar mis dudas y miedos pude aprovechar la oportunidad de sentirme en mi hogar.

Quiero compartir que más de una vez me choqué con una realidad injustamente olvidada, una que duele tanto como los golpes en su historia. Secundaron las horas de insomnio y rechazo a lo que analizaba, hasta que movilizada por la indignación tuve que buscarle otra utilidad a esa conciencia que intenta protegerme de la amnesia. Negándome a patologizar la vida me pareció provechoso buscar aprendizaje en cada paso que iba a dar sobre ese suelo que escondía la esencia de algo que yo necesitaba saber.

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Recuerdo que cuando comenté mis deseos de hacer el voluntariado me preguntaron: ¿Vas a ayudar o a que te ayuden? Y en un intento por emparejar mis intenciones me di cuenta que era inevitable lo segundo, con el ejemplo de vida de aquellas personas iba a recibir más de lo yo podía y quería ofrecer. Al pretender dejar un poco de mi me llevé más de ellos. Me enternecí con las sonrisas de la nueva semilla y refresqué un amor por la belleza de la gente y la naturaleza. Si le temes al golpe del viento en tu cara te pierdes del paisaje y prometo que mucha maravilla puede albergarse en un pequeño trozo de tierra y mucha bondad se halla inquieta en las manos que dan más de lo que tienen.

Los observas y comprendes que su espalda encorvada por el peso de la hierba, representa que no hay esfuerzo por una causa más grande que ese trabajo diario para alimentar a los tantos que viven bajo su cuidado. La leña que tiñe las paredes va calentando también su corazón y aunque los sueños se arrumen como trastes en las esquinas, se “aguaita” con esperanza pa’ ver si algún día sirven. Ser indígena no significa estar condenado a ningún tipo de pobreza… no quiero ser testigo de que se coman ese cuento.

Por otro lado, te observas y te convences de que no hacen falta las marcas y el maquillaje para vivir, literal y metafóricamente. Aprendes a ser tú mismo como cuando nadie te está observando, porque no hay necesidad de un aplauso si vas construyendo lo más importante: la satisfacción de donarte. Dar y servir con alegría es un medio y resultado de tu paz interior y eso no tiene precio.

A quienes se identifican con este proceso, si alguna vez quieren involucrarse en una experiencia de voluntariado, no lo duden, lo mejor es que nunca se repite la historia y es posible seguir aprendiendo a través de las vivencias únicas de los demás. Aún conservo la sonrisa por la bendición de haber disfrutado de las cosas más sencillas y hermosas. Se puede ser tan feliz con tan poco, pero asimismo, me quedé con la convicción de que hay otras cosas simplemente inaceptables, de ahí que se sacuda mi corazón con un compromiso que me puede, que trasciende mis objetivos personales. Y si tal vez más montañas y volcanes me van desafiando el rumbo, recordaré que siempre hay como abrirse camino entre el monte. Ya lo viví y me llevo la alegría de estos primeros pasos.

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