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Publicado por en 01/07/2014 el Testimonios | 0 comentarios

Cuando yo tenía 21… De Botín a Latinoamérica.

 

Por Pedro Oswaldo Hernández Santamaría.

Reconozco que hace muy poco tenía 21, apenas 2 años atrás. Gracias a esto, mis recuerdos permanecen vivos, casi intactos. Con todo, fue para mí un excelente año. Con 21 años ya estaba a mitad de mi carrera universitaria, era parte de una entidad pública y viví una experiencia sensacional que cambió mi vida: la Beca Fundación Botín.

Una edad de 21 años no es despreciable. Con ese mismo periodo de tiempo, muchos jóvenes han logrado cosas fabulosas, ya sea en los escenarios musicales como Adele, o incluso en los deportivos, como James Rodríguez o Neymar Jr. En mi caso, considero que yo a esa edad era apenas un simple estudiante de Economía y Ciencia Política. Un joven bendecido con una madre siempre preocupada por la superación de su hijo, formado en un marco de valores y tradiciones cristianas y con una formación académica propia de un colegio de carácter público y oficial con vocación técnica. Un muchacho con mucho por aprender, que jamás había salido de las fronteras de su propio país ni se había enfrentado a convivir con culturas diferentes.

A mediados del año 2012 tuve la oportunidad de presentarme a la convocatoria del Programa Beca Botín para el Fortalecimiento de la Función Pública, del cual resulté entre los seleccionados finales. Este Programa organizado por la Fundación Botín me patrocinó en un viaje que incluyó países como Estados Unidos, España y Bélgica en el marco de un programa intenso, una experiencia fascinante que puso a prueba todo lo que era como persona y que me permitió convivir y aprender de la experiencia y vivencia de otros 39 jóvenes talentosos de toda Latinoamérica.

Este viaje transformó mucho en mi interior al cambiar por completo mi perspectiva. Mis ojos se alzaron por encima de la nublada Bogotá, y extendieron su mirada a un mundo mucho más amplio y diverso. Inclusive, muchos eventos sobresalieron en nuestro viaje, entre ellos los encuentros con expresidentes como Ricardo Lagos (Chile), Vicente Fox (México) y Leonel Fernández (República Dominicana), entre muchos otros sobresalientes líderes. Todos unos verdaderos ejemplos de servicio público, personas que me recordaron la importancia de estar dispuesto a extender una mano de ayuda a otros… Algo tengo claro, a partir de este viaje tomé la definitiva decisión de dedicar mis esfuerzos e ideales a servir a mi país y consolidar una carrera en el servicio público.

Es claro que una carrera exitosa tiene un comienzo. Al respecto, uno de los aprendizajes que me quedaron de mi experiencia con la Fundación Botín durante el año 2012, es precisamente lo importante de crecer a nivel personal, trabajar en mí mismo para formar y forjar el líder que quiero y puedo ser. Esta es la reflexión que pretendo marque mis años de juventud. Una reflexión que aprendí de Ban Ki-moon, actual Secretario General de las Naciones Unidas (ONU), quien señalaba que la siguiente enseñanza de Confucio marcó sus años de juventud:

“Para poner el mundo en orden, debemos primero poner la nación en orden; para poner la nación en orden, debemos poner a la familia en orden; para poner a la familia en orden, debemos cultivar nuestra vida personal; y para cultivar nuestra vida personal, debemos primero fijar correctamente nuestros corazones.” (Ki-moon, 2014: http://linkd.in/VAuds2).

Si es que pretendo contribuir a mi comunidad, como señala Ki-moon, es necesario que trabaje en mi propio carácter y sólo en la medida que pueda crecer a nivel personal, ese progreso irradiará no sólo a mis círculos cercanos sino a través de ellos a toda la sociedad.

Este es el llamado que resalto de mi experiencia como becario Botín. Un llamado que propende por una reflexión que se puede ampliar a los jóvenes que nos preocupa el bien común y sabemos que es necesario un cambio para que las actuales injusticias de nuestra humanidad tengan un final definitivo. El mismo llamado que señala Ki-moon,fundado en dos frentes interconectados: por un lado, una determinación concreta por el trabajo duro y la formación y por otro lado, un interés filosófico y espiritual por la responsabilidad personal como un prerrequisito para el liderazgo, cuya pretensión es que como jóvenes “mantengamos nuestras cabezas por encima de las nubes y los pies firmemente plantados en el suelo, y entonces avancemos paso a paso».

Botín significó para mí un llamado a la acción con propósito. Una advertencia sobre la urgencia actual de jóvenes con convicciones claras que decidan tomar medidas prácticas para realizarlas, como sugiere el llamado al que hice en referencia a Ki-moon previamente. En nuestra región son múltiples los desafíos que se enfrentan, todos a la vez: desigualdades latentes, discriminaciones evidentes, pobrezas y enfermedades inaguantables…

Como jóvenes tenemos un amplio potencial para dar nuestro esfuerzo y dedicación a iniciativas y proyectos que valgan la pena, que propendan por contribuir el mayor bien público. Contamos con tiempo libre, con capacidades para innovar y adecuarnos a entornos cambiantes, con un ansia por hacer cosas significativas en nuestras vidas y las de los demás. Para todo esto no sólo basta la acción, también la reflexión. Ambas son mutuamente complementarias, no suplementarias. Todo paso concreto requiere de convicciones, y todo ideal requiere de medidas específicas que las pongan en acción, todo en el marco de un buen propósito como el de atraer cambios positivos a las comunidades en las que estaos inmersos.

El llamado es por tanto a ser los “Davides” de nuestro tiempo, que derriban a los “Goliats” que amenazan nuestro presente y nuestro futuro. Convicción cuyo catalizador en mi vida personal resultó ser la inolvidable experiencia del Programa para el Fortalecimiento de la Función Pública en América Latina de la Fundación Botín.

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